sáb. Feb 28th, 2026

Una cámara captó la tragedia; una ciudad entera pide justicia

Era la madrugada del 31 de octubre. En una calle del norte de Bogotá, bajo la luz amarillenta de un poste, dos hombres discutían. Uno de ellos, Jaime Esteban Moreno, estudiante de la Universidad de Los Andes, apenas alcanzó a levantar las manos antes de que comenzaran los golpes.

Las cámaras de seguridad registraron todo: la discusión, los primeros empujones y la caída. El video dura apenas medio minuto, pero en ese tiempo se rompieron más que huesos; se rompió la ilusión de una familia, la calma de una universidad y la conciencia de una ciudad entera.

“Yo lo vi caer y traté de reanimarlo”, contó su amigo entre lágrimas. “Dejó de respirar en mis brazos”. Esa noche, mientras las sirenas cortaban el silencio, Jaime fue trasladado al Hospital Simón Bolívar, donde luchó por su vida durante horas.

Las noticias del día siguiente confirmaron lo que nadie quería creer: Jaime había muerto. Las redes se inundaron de mensajes, las velas encendidas frente a la Universidad formaron un río de luz, y un país volvió a preguntarse por qué seguimos resolviendo con golpes lo que podría terminar en palabras.

Uno de los agresores, Juan Carlos Suárez Ortiz, fue capturado. El otro sigue prófugo. La justicia se mueve, pero la herida en la memoria colectiva sigue abierta. Cada detalle del caso parece un recordatorio de la fragilidad de la vida en medio de una ciudad que nunca duerme.

Jaime tenía 20 años, una sonrisa fácil y un futuro prometedor. Le gustaban los algoritmos, el ajedrez y las conversaciones tranquilas. Sus profesores lo recuerdan como un joven brillante. Sus amigos, como alguien que siempre llegaba temprano. Sus padres, como “la luz de la casa”.

La historia de esa noche no debería repetirse. No solo por Jaime, sino por todos los jóvenes que salen a divertirse y merecen regresar a casa. Esta crónica no busca solo contar su final, sino invitar a construir una ciudad donde la violencia deje de ser protagonista.

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