sáb. Feb 28th, 2026

La ciudad sepultada revive en el recuerdo de visitantes y sobrevivientes

Al llegar a Armero, se percibe una atmósfera singular: el viento agita cruces blancas, algunas lápidas tienen nombres y flores, muchas otras no. Entre todas, la tumba de Omaira concentra la atención: un monumento sencillo pero cargado de significado. Ofrendas, placas de agradecimiento que dicen “Gracias, Omairita, por concederme este favor”, velas que se consumen, cientos de visitantes que la fotografían o rezan.

La historia de Omaira contiene todos los elementos de una catástrofe humana: alertas ignoradas, falta de evacuación, rescate imposible, una niña singular que luchó y murió en silencio. Su agonía fue documentada; su nombre quedó en los libros de historia; su tumba se volvió santuario.

Esa historia representa una faceta del desastre mayor, pero adquiere autonomía propia en la memoria colectiva.

En la Armero contemporánea coexisten memoria, turismo y economía local. Guías, artesanías, visitas organizadas conviven con el reconocimiento del dolor. Comerciantes locales reconocen la paradoja: su sustento depende del desastre, y eso les genera sentimientos encontrados.

Para el Tolima y Colombia, Armero actúa como “laboratorio” del desastre: las causas se estudiaron, los mapas de riesgo se actualizaron, la legislación de prevención avanza. Pero el fantasma de la negligencia sigue allí: coincidencias de basura, de sorpresa, de no : la naturaleza no espera.

Los familiares de víctimas siguen presentes: para muchos, volver a Armero es rendir honor, construir un museo íntimo de la pérdida, pedir reconocimiento, pedir que no se borre su nombre. Mientras la lápida de Omaira está muy señalada, muchas otras tumbas no tienen nombre, muchos cuerpos siguen sin identificarse. Esa falta es parte de la herida.

Desde la perspectiva de la memoria social, Armero plantea preguntas incómodas: ¿se recuerda para sanar o para revivir el dolor? ¿Se visita para educar o para espectar? ¿Se reconstruye para el turismo o para la comunidad? En esas preguntas se juega el valor de lo que queda de Armero.

Y en el horizonte está la convicción de que recordar es también prevenir. Que Armero sea memoria no para llorar, sino para construir comunidades más resilientes, que el lodo no se repita, que las niñas no queden atrapadas sin ayuda, que los mapas se lean y los planes se activen. Que la tumba de Omaira sea faro, no epitafio.

Armero y la tumba de Omaira Sánchez cruzan generaciones, atraviesan imágenes, historias y lecciones. En Colombia, el 13 de noviembre ya no sólo marca una tragedia, sino una llamada a la prevención, la memoria y la dignidad. Visitar Armero es mirar al pasado, sí, pero también asumir la responsabilidad de un futuro donde el desastre tenga respuestas, no víctimas olvidadas.

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