sáb. Feb 28th, 2026

Viralización y narrativa en la disputa por la opinión pública

Un presidente bailando no es novedad; que lo haga cuando su país enfrenta un pulso con la mayor potencia militar del mundo, sí. El clip de Nicolás Maduro danzando al ritmo de “Paz sí, guerra no” en Miraflores reintrodujo la disputa geopolítica en el lenguaje de la cultura pop, con una eficacia que no depende solo del acto, sino del ecosistema de redes que lo multiplica.  El video apareció mientras Washington reforzaba operaciones contra embarcaciones que vincula con el narcotráfico y avanzaba en la designación del “Cartel de los Soles” como organización terrorista. En esa coyuntura, la coreografía oficialista se convierte en un artefacto político: mensaje de paz hacia dentro, señal de desafío hacia afuera.

La estrategia comunicacional chavista ha utilizado históricamente recursos performativos cantos, bailes, lemas para cohesionar a sus bases. El “Maduro beat” mezcla ritmo electrónico con fragmentos de discursos, buscando un “frame” de paz frente a la narrativa de “amenaza externa”. En redes, la estética del meme amplifica su alcance,  al mismo tiempo, EE. UU. elevó el listón con acciones de fuerza en el mar. En semanas recientes, el Pentágono reportó varios ataques letales contra botes sospechosos en el Caribe y Pacífico. La Casa Blanca amarra esos golpes a su agenda antidrogas; críticos cuestionan legalidad y escalada. La etiqueta terrorista para el “Cartel de los Soles” añade un capítulo de alto voltaje. Más allá del debate sobre su existencia y alcance, la designación habilita medidas financieras y penales que estrechan el margen internacional de actores venezolanos. Caracas lo califica de “invención”.¿Por qué un baile? Porque la política contemporánea compite por atención. Un gesto visual y rítmico se impone sobre documentos y comunicados. En clave de “soft power” doméstico, el oficialismo traduce su postura en un signo fácil de recordar: paz, baile, multitud. El cálculo, sin embargo, tiene costo potencial. En crisis prolongadas, símbolos festivos pueden ser leídos como desconexión con las urgencias sociales. La oposición explotó esa grieta, insistiendo en economía y servicios. La polarización multiplica lecturas y refuerza burbujas.

En América Latina abundan precedentes de liderazgos que usan la cultura pop como puente con jóvenes. Lo distintivo aquí es el timing: el gesto coincidió con un ciclo de acciones militares y decisiones legales de Washington que elevan riesgos reputacionales y de gobernanza. Otro factor es la internacionalización del debate. Medios de varios países tradujeron el video en clave de “desafío” o “provocación”, lo que a su vez retroalimenta la narrativa oficialista de resistencia. La espiral de atención amplifica beneficios simbólicos y costos diplomáticos. ¿Qué sigue? Si el objetivo es fijar marcos cognitivos, el oficialismo duplicará la apuesta cultural. Del otro lado, es probable que Washington continúe operaciones marítimas mientras explora sanciones focalizadas. En el medio, una ciudadanía expuesta a mensajes contundentes pero soluciones lentas. La ventana para una distensión depende de incentivos: alivio sancionatorio por pasos democráticos, garantías de seguridad jurídica y electoral, y reducción de la beligerancia retórica. Sin señales recíprocas, los gestos performativos seguirán hablando más fuerte que los canales diplomáticos.

En el plano interno, el video fortaleció la moral del oficialismo y unificó la agenda del día. En el externo, consolidó un retrato binario que complica puentes diplomáticos: paz performativa versus coerción militar. Ese marco alimenta audiencias propias, pero dificulta zonas grises. Para los mercados y la comunidad internacional, el ruido geopolítico reaviva preguntas sobre riesgo-país, inversión y gobernanza. La evolución del conflicto informará decisiones de actores energéticos, financieros y multilaterales atentos al rumbo venezolano.

El baile de Miraflores es menos anécdota que síntoma: la política latinoamericana se libra también en la pista, al ritmo de algoritmos y eslóganes. La pregunta abierta es si la música alcanzará para acompasar una negociación real.

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