sáb. Feb 28th, 2026

Una semana movida para la diplomacia en Bogotá

En los despachos de Bogotá, la hoja de ruta estaba clara: diciembre sería el mes en el que el presidente Gustavo Petro volvería a mirar hacia el este, esta vez con un viaje oficial a China para darle continuidad a su agenda con Xi Jinping. Equipos de protocolo, asesores económicos y funcionarios de la Cancillería afinaban detalles de una visita pensada para mostrar que la relación Colombia–China entraba en una fase de consolidación. Pero, casi de un día para otro, el plan cambió de rumbo.

La noticia de que una delegación de las comisiones segundas del Congreso aterrizaba en Taiwán empezó a circular primero en redes y luego en comunicados. Desde Bogotá, muchos se enteraron del itinerario de los congresistas por las propias declaraciones que estos publicaron desde Taipéi, donde hablaban de oportunidades comerciales y de la posibilidad de reabrir una oficina colombiana en la isla. En una ciudad donde la política se mueve al ritmo de las coyunturas, la palabra “Taiwán” bastó para que se encendieran las alarmas.

No es un tema menor: para China, Taiwán forma parte de su territorio y el principio de “una sola China” es una línea roja en cualquier conversación diplomática. Colombia ha reiterado esa posición desde hace 45 años, y gobiernos de distintas orillas, incluido el actual, la han mantenido. Que un grupo de congresistas mencionara la idea de una oficina comercial en la isla fue leído en Pekín como una señal que merecía aclaraciones, y en Bogotá como un gesto que podía desatar un choque innecesario.

La Cancillería, con sede en el centro de la capital, emitió entonces un comunicado que rápidamente se convirtió en referencia obligada para entender la crisis. En el texto se recalcaba que solo el presidente dirige la política exterior, que Colombia no reconoce a Taiwán como Estado y que las declaraciones de los legisladores no comprometen la posición oficial. El mensaje estaba dirigido a China, pero también a la opinión pública colombiana, acostumbrada a ver la diplomacia como un terreno lejano y, de repente, confrontada con sus efectos concretos.

Poco después se supo que el viaje de Petro a China quedaba cancelado o, en el mejor de los casos, aplazado sin fecha. En Bogotá, la lectura fue casi inmediata: la escala legislativa en Taiwán había puesto en pausa la ruta presidencial hacia Pekín. Para un país que busca ampliar sus mercados de exportación, atraer inversión en infraestructura y consolidar su presencia en Asia, el frenazo no es un detalle menor. Especialmente si se tiene en cuenta que ciudades como Bogotá, Medellín o Cartagena aspiran a atraer capital chino para distintos proyectos.

La relación entre Colombia y China, sin embargo, no se reduce a este episodio. En la última década, el gigante asiático se ha convertido en un socio cada vez más relevante para la economía colombiana, con proyectos que van desde la energía y el transporte hasta la tecnología y la agricultura. En Bogotá, donde se concentran buena parte de las decisiones económicas del país, se ve a China como un actor clave para diversificar la canasta de aliados más allá de Estados Unidos y Europa.

Al mismo tiempo, la controversia por Taiwán dejó una lección sobre la importancia de hablarle al mundo con una sola voz. Las tensiones entre el viaje de los congresistas y la agenda del Ejecutivo mostraron que la política exterior no puede manejarse como una suma de agendas paralelas. En una capital tan politizada como Bogotá, el episodio servirá, probablemente, para revisar cómo se aprueban y comunican este tipo de visitas en el futuro, especialmente cuando involucran temas tan sensibles para socios estratégicos.

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