sáb. Feb 28th, 2026

Ciudades turísticas temen impacto en temporada alta

La escena se repite, con matices, en otros aeropuertos clave del país. En Rionegro, el José María Córdova —puerta de entrada a Medellín y al oriente antioqueño— ajusta su operación para recibir aviones que no despegarán en los próximos días. Las posiciones de parqueo se llenan de aeronaves de Avianca a la espera de su turno en los hangares de mantenimiento, mientras se reorganizan los vuelos que sí podrán operar con otros modelos de avión. En Cali, el Alfonso Bonilla Aragón reprograma itinerarios hacia Bogotá y la Costa, y en Barranquilla los operadores turísticos calculan el impacto en las reservas de diciembre.

La resolución de Airbus fue clara: una parte importante de la familia A320 en el mundo necesita una actualización urgente de software antes de seguir volando con normalidad. Las autoridades aeronáuticas respaldaron la medida y, en Colombia, la Aeronáutica Civil hizo lo propio, ordenando la inmovilización de los aviones afectados hasta completar la corrección. En el caso de Avianca, esto supone dejar en tierra más del 70 % de su flota, un golpe directo al corazón de sus rutas domésticas y regionales.

La decisión de suspender la venta de tiquetes con fechas de viaje hasta el 8 de diciembre fue, para la aerolínea, una forma de ganar margen de maniobra. Sin nuevos pasajeros en ese rango de fechas, Avianca puede enfocarse en reacomodar a quienes ya tenían tiquetes emitidos. Sin embargo, en ciudades como Bogotá y Medellín, la percepción ciudadana es de evidente reducción en la oferta: menos horarios disponibles, más dificultad para encontrar sillas en vuelos directos y mayores tiempos de conexión para quienes se mueven entre regiones.

En destinos turísticos de alto flujo, como Cartagena, Santa Marta, San Andrés o el Eje Cafetero, los gremios ya prenden las alarmas. La temporada de diciembre suele ser clave para hoteles, restaurantes y operadores de tours, y cualquier reducción en la capacidad aérea repercute en reservas y ocupación. Algunos empresarios reportan que, en cuestión de horas, recibieron varias llamadas de clientes preguntando si era posible cambiar fechas o cancelar paquetes ante la incertidumbre sobre sus vuelos.

En ciudades intermedias, la situación adopta un matiz diferente. Lugares como Bucaramanga, Cúcuta, Pasto o Pereira, que dependen en alto grado de la conectividad con Bogotá para negocios, salud y educación, podrían enfrentar una reducción temporal en la frecuencia de vuelos. Esto se traduce en menos flexibilidad para salir y regresar el mismo día, y en la necesidad de reorganizar citas médicas, audiencias judiciales o reuniones corporativas. Para estos territorios, que han apostado por el transporte aéreo como motor de competitividad, cada ajuste en la oferta se siente con fuerza.

Las autoridades locales y regionales observan la coyuntura con preocupación, pero también con la mirada puesta en la seguridad. Gobernaciones, alcaldías y oficinas de turismo han insistido en que se trata de una medida preventiva y temporal, que debe ser asumida con responsabilidad por todos los actores. Algunos mandatarios locales ya han pedido al Gobierno nacional que acompañe al sector turismo y evalúe estrategias para mitigar el impacto en destinos que dependen de la llegada de viajeros por vía aérea.

Mientras tanto, en los hangares de mantenimiento y en las oficinas de planificación de la aerolínea, el calendario se convierte en una carrera contra el tiempo. Cada avión que completa la actualización de software y las pruebas correspondientes es una pieza más que se reincorpora al rompecabezas de la operación. La meta es clara: llegar a mediados de diciembre con la mayor parte de la flota nuevamente disponible, justo cuando el país enfrenta uno de los picos más altos de movilidad aérea del año.

La crisis de los A320 de Avianca y la suspensión de venta de tiquetes hasta el 8 de diciembre han puesto a prueba la resiliencia del sistema aéreo colombiano, con Bogotá, Medellín y las principales ciudades del país en el centro de la turbulencia. Lo que sucede en los hangares y en las salas de embarque en estos días tendrá efectos directos en la forma como Colombia se mueve en la recta final del año.

Para los viajeros, el mensaje es insistente: consultar el estado de los vuelos, anticipar cambios y mantener contacto permanente con la aerolínea. Para el país, el reto es mayor: aprender de este episodio para fortalecer su conectividad aérea, diversificar riesgos y garantizar que, ante futuras alertas globales, el impacto sobre la movilidad y el turismo sea menor, sin renunciar al principio que guía todas estas decisiones: la seguridad primero.

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