jue. Feb 26th, 2026

Todo sobre renovación del transporte público bogotano

La historia de cómo Bogotá se convirtió en una de las ciudades con más buses eléctricos del planeta comienza con una pregunta simple: ¿por qué respirar aire contaminado cuando existen alternativas? Durante años, la capital colombiana convivió con buses viejos que llenaban el aire de humo negro, mientras el tan esperado metro permanecía como promesa en papeles y discursos.

Todo cambió cuando la ciudad decidió actuar sin esperar soluciones perfectas. En lugar de postponer indefinidamente las mejoras hasta la llegada del metro, Bogotá apostó por renovar su flota de transporte público con tecnología eléctrica. El resultado: una reducción del 24 por ciento en la contaminación del aire desde 2018 y más de mil buses eléctricos circulando por calles y avenidas.

Esta es la historia de una transformación que nadie vio venir, pero que todos pueden sentir cada vez que respiran en las calles de la capital. Es la historia de cómo una ciudad aprendió que a veces las mejores soluciones son aquellas que se implementan con rapidez, no aquellas que se planean por décadas.

Retrocedamos a 2016. Bogotá enfrentaba un problema crítico: su sistema de transporte público colapsaba bajo el peso de buses envejecidos que contaminaban cada vez más. Las cifras de calidad del aire eran alarmantes, los hospitales reportaban incrementos en enfermedades respiratorias y los ciudadanos se quejaban del ruido insoportable en las vías principales.

Enrique Peñalosa, entonces alcalde, tomó una decisión que marcaría el futuro de la ciudad. En lugar de esperar indefinidamente por el metro, estructuró contratos para traer los primeros buses eléctricos. La idea era simple pero revolucionaria para el contexto local: si no podemos tener metro ahora, al menos tengamos el transporte más limpio posible.

Los primeros buses llegaron en 2019 y comenzaron a circular por la Autopista Norte. La gente los miraba con curiosidad, algunos con escepticismo. ¿Funcionarían realmente? ¿Serían una inversión inteligente o solo otra promesa incumplida? Las dudas se disiparon rápidamente cuando los resultados comenzaron a hacerse evidentes.

Claudia López asumió la alcaldía en 2020 y heredó un proyecto en marcha. Lejos de frenarlo, decidió acelerarlo. Bajo su administración llegaron cientos de buses adicionales, se construyeron patios de carga equipados con tecnología de punta y nació La Rolita, la empresa pública que operaría exclusivamente buses eléctricos para llegar a zonas donde el servicio tradicional fallaba.

Las calles de Kennedy, Engativá, Suba y Bosa comenzaron a ver circular estos buses silenciosos y limpios. Para quienes vivían en estas zonas, acostumbrados a buses destartalados que emitían nubes de humo, la diferencia era casi milagrosa. Por primera vez en décadas, el transporte público parecía estar mejorando realmente.

Carlos Fernando Galán, el actual alcalde, continúa el camino trazado. Su administración ya anunció que llegarán más buses en 2025 y 2026, con la meta ambiciosa de que casi la mitad del sistema funcione con energías limpias. La apuesta es clara: mientras el metro se construye lentamente, los buses eléctricos seguirán mejorando la vida de los bogotanos.

Pero ¿qué pasó con el metro? Esa es la otra historia que se desarrolla en paralelo. Más de ochenta años de promesas, diseños cambiantes, discusiones políticas interminables y obras que avanzan a paso lento. El presidente Gustavo Petro, quien como alcalde impulsó un diseño subterráneo, ahora cuestiona el proyecto elevado que la ciudad ejecuta actualmente. El debate continúa mientras los viaductos crecen lentamente sobre la Avenida Caracas.

Hoy, cuando un bogotano camina por la Calle 80, la Autopista Norte o la Avenida Ciudad de Cali, respira un aire diferente al de hace seis años. No es perfectamente limpio, pero sí notablemente mejor. Los buses eléctricos circulan silenciosamente, sin el estruendo que antes caracterizaba el transporte público de la ciudad.

La lección que deja esta historia es poderosa: no siempre hay que esperar el proyecto perfecto para empezar a mejorar. Bogotá no esperó al metro que tardó ocho décadas en empezar a construirse. Actuó con lo que tenía disponible, mantuvo el rumbo a través de diferentes gobiernos y logró resultados que benefician a millones de personas cada día. Mientras el metro finalmente toma forma, los buses eléctricos ya están escribiendo su propia historia de éxito en las calles de la capital.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *