La carretera que nunca duerme tranquila
La Panamericana respira con ritmo propio. Durante el día, es un río de camiones que transportan sueños comerciales hacia el sur. De noche, se convierte en un sendero de luces intermitentes donde los conductores mantienen los ojos bien abiertos, conscientes de que cada curva puede esconder peligros invisibles. Esa madrugada del 14 de noviembre, la carretera vivió uno de esos momentos que quedan grabados en la memoria colectiva de la región.
El antiguo peaje de Tunía ha visto pasar de todo: presidentes en caravana, caravanas de turistas rumbo a San Agustín, familias retornando a casa después de trabajar en Cali, estudiantes buscando mejores oportunidades en ciudades más grandes. Pero esa madrugada, el peaje fue testigo de algo diferente: el destello cegador de una explosión que iluminó el cielo negro del Cauca como si fuera mediodía.
Segundos antes de las 2:55 de la madrugada, todo era rutina. Los policías en el puesto de control tomaban café para mantenerse despiertos. En la vereda El Hogar, las familias dormían el sueño de quienes han trabajado duro durante el día. Un vehículo se acercaba por la carretera, aparentemente uno más de los miles que transitan diariamente. Nadie imaginaba que ese auto llevaba dentro una carga mortal programada para detonar.
La explosión no llegó sola; vino acompañada de una onda expansiva que viajó como un fantasma invisible, golpeando todo a su paso. Las ventanas se hicieron añicos en casas ubicadas a cientos de metros. Las puertas se abrieron violentamente. Los cuadros cayeron de las paredes. Y en cada hogar, el terror se instaló como un inquilino no invitado que se niega a marcharse.
María Elena saltó de su cama sin entender qué sucedía. Su primer instinto fue correr hacia el cuarto de sus hijos. Los encontró llorando, abrazados el uno al otro, preguntando si era un terremoto. Ella los cubrió con su cuerpo, tratando de ser el escudo que los protegiera de lo desconocido. Afuera, el cielo brillaba con un resplandor naranja, las alarmas de los autos sonaban descontroladas y el olor a pólvora comenzaba a invadir el ambiente.
En el antiguo peaje, los miembros de la Fuerza Pública se recuperaban del impacto. Aunque el carro bomba detonó a metros de su posición, la estructura del peaje les había brindado cierta protección. Pero sabían que habían sido el objetivo. No era la primera vez ni, temen, será la última. Inmediatamente activaron los protocolos de emergencia, solicitaron refuerzos y comenzaron a evaluar los daños.
Don Hernando escuchó la explosión desde su dormitorio. Su primera reacción fue pensar en su tienda, ubicada frente a la carretera. Cuando el servicio de energía se cortó, supo que el daño debía ser considerable. Tomó una linterna y, a pesar de los ruegos de su esposa para que no saliera, se dirigió a su negocio. Lo que encontró lo dejó sin palabras: el frente de la tienda estaba deformado, los productos en el suelo, las neveras apagadas perdiendo la mercancía refrigerada que había comprado días atrás con tanto esfuerzo.
Mientras tanto, en las comunidades vecinas, la oscuridad lo envolvía todo. Sin electricidad, las familias encendían velas y se reunían en pequeños grupos, compartiendo teorías sobre lo ocurrido. ¿Había sido un atentado? ¿Contra quién? ¿Vendrían más? Las preguntas flotaban en el aire espeso de la noche cauchana. Los celulares se iluminaban constantemente con mensajes de familiares en otras ciudades preguntando si estaban bien.
El periodista comunitario Mario Vivas Fajardo no necesitó que nadie le avisara. La explosión se escuchó en su casa. Tomó su cámara, su libreta y salió hacia el lugar del incidente. Conocía el camino de memoria; había recorrido esa carretera cientos de veces reportando la vida cotidiana, las festividades, pero también, cada vez con más frecuencia, la violencia que azota la región. Al llegar, el escenario era dantesco: humo elevándose hacia el cielo, escombros esparcidos, luces de emergencia parpadeando.
A medida que amanecía, la realidad se hacía más clara. Había una víctima fatal, una vida truncada por la violencia sin sentido. Había viviendas dañadas, familias afectadas, una comunidad nuevamente herida. Las autoridades comenzaron a llegar: Policía, Ejército, funcionarios de la Gobernación. Tomaron fotografías, recolectaron evidencias, hicieron declaraciones oficiales. Pero para quienes vivían allí, lo importante no eran los informes; era cómo reconstruir sus vidas una vez más después de este nuevo golpe.
Cuando el sol finalmente se elevó sobre el Cauca ese viernes 14 de noviembre, iluminó una escena de resiliencia mezclada con agotamiento. Las familias barrían los vidrios rotos de sus casas. Los comerciantes evaluaban sus pérdidas. Los niños, aunque asustados, se preparaban para ir a la escuela porque la vida, terca y valiente, continúa incluso cuando todo parece derrumbarse.
La Panamericana sigue ahí, atravesando el departamento como siempre lo ha hecho. Los camiones volvieron a rodar por su asfalto, los buses retomaron sus rutas, las familias continuaron desplazándose a sus trabajos. Pero algo cambió esa madrugada: se sumó una historia más al largo y doloroso relato de violencia que escribe el Cauca en las páginas de la historia colombiana. Y mientras las investigaciones avanzan y las autoridades prometen justicia, las comunidades del norte del departamento se preguntan cuántas madrugadas más tendrán que sobrevivir antes de que llegue, finalmente, la paz.
