lun. Feb 23rd, 2026

Olvidar nueces es su superpoder para reforestar el planeta

Las ardillas son mucho más que animales adorables que corren de árbol en árbol. Sin proponérselo, se han convertido en protagonistas silenciosas de la reforestación mundial. Cada año, miles de ejemplares esconden nueces y semillas bajo tierra como parte de su instinto de supervivencia. Sin embargo, no siempre tienen buena memoria para recuperarlas. Ese “olvido” natural genera un fenómeno vital: cuando no encuentran su botín, las semillas enterradas germinan y dan origen a nuevos árboles, transformando a estos pequeños mamíferos en sembradores involuntarios que ayudan a mantener la salud del ecosistema.

La especie más representativa en amplias regiones es la Ardilla roja, conocida por su habilidad para almacenar muchos frutos secos en el suelo. Este comportamiento, llamado dispersión de semillas, es estudiado por entidades como el Instituto de Investigación de Recursos Biológicos Alexander von Humboldt, que analiza la importancia de la fauna en la regeneración de bosques. Sin querer, las ardillas actúan como “jardineras” del planeta: cada nuez enterrada es una potencial plántula que enriquece la biodiversidad y fortalece el ciclo de vida del bosque.

El impacto ambiental es enorme. Se estima que una ardilla puede enterrar cientos de nueces al mes, y al olvidar una parte de ellas, contribuye a plantar miles de árboles de manera indirecta. Así, lugares que sufren deforestación pueden iniciar procesos de recuperación gracias al trabajo natural de animales que no distinguen entre un bosque sano o vulnerado: simplemente siguen su instinto. Además, estas semillas suelen ser frutos como la nuez o bellotas, que con lluvia, nutrientes y tiempo, pueden convertirse en grandes pulmones verdes.

Aunque su labor no es intencional, su legado sí es invaluable. Las ardillas nos enseñan que la naturaleza tiene mecanismos asombrosos para sanar lo que el ser humano daña. Organizaciones como la Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible impulsan campañas para proteger la fauna y los bosques, recordando que la reforestación no solo depende de manos humanas: también del papel irremplazable de los animales. Las ardillas seguirán enterrando y olvidando nueces; el planeta, por su parte, continuará agradeciendo cada semilla convertida en árbol.

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