La ciencia detrás de un día que no es tan perfecto como parece
Aunque solemos decir que un día dura 24 horas, la realidad es más compleja. La Tierra tarda aproximadamente 23 horas, 56 minutos y 4 segundos en completar una rotación sobre su propio eje, un periodo conocido como día sideral. La razón por la que hablamos de 24 horas se debe a la posición del Sol: necesitamos un poco más de tiempo para que el Sol vuelva al mismo punto en el cielo debido al movimiento de la Tierra alrededor de este. Por eso, el día solar —el que marca nuestros relojes— se ajusta a las 24 horas.
Este desfase natural se debe a la combinación de dos movimientos: la rotación de la Tierra y su traslación alrededor del Sol. Mientras nuestro planeta gira, también avanza en su órbita, por lo que necesita “girar un poco más” para que el Sol vuelva a verse en la misma posición cada día. Es un proceso sutil pero constante, que explica por qué el día sideral y el día solar no duran lo mismo.
Además, la rotación terrestre no es totalmente estable. Factores como la gravedad de la Luna, los movimientos tectónicos y hasta la distribución del agua en el planeta pueden acelerar o frenar levemente la rotación. Estas variaciones minúsculas hacen que, con el tiempo, se agreguen segundos intercalares para ajustar los relojes atómicos. En otras palabras, nuestro planeta sigue un ritmo propio que, aunque parezca exacto, está en constante cambio.
