Cifras de violencia contra menores preocupan en Bogotá
Suba, una de las localidades más pobladas de Bogotá, vuelve a estar en el centro de la conversación pública, esta vez no por el tráfico, las obras o los debates de movilidad, sino por la voz de un niño que rompió el ruido de la ciudad. En un tercer piso de un edificio residencial, un menor de 8 años decidió pedir ayuda porque tenía hambre y se encontraba completamente solo. Su llamado, escuchado por varios vecinos, se convirtió en una alerta que sacó a la luz un nuevo caso de abandono infantil en la capital.
La imagen del niño asomado a la ventana, en una zona del norte de Bogotá donde conviven edificios de estratos medios y comercios locales, choca con la idea de que el abandono solo ocurre en contextos de marginalidad extrema. La historia demuestra que las vulneraciones de derechos pueden estar presentes en cualquier barrio y pone a Suba como escenario de un debate más amplio: qué tanto conoce la ciudad lo que pasa dentro de los apartamentos donde viven sus niños.
La reacción de la comunidad fue el primer eslabón de la cadena de protección. Habitantes del sector llamaron a la línea 123, informaron lo que estaban viendo y esperaron la llegada de la Policía. Cuando la patrulla de la Seccional de Protección y Servicios Especiales se presentó en el lugar, encontró un barrio en alerta, vecinos señalando la ventana del tercer piso y un menor que, entre miedo y alivio, veía aparecer adultos dispuestos a ayudar. La intervención permitió sacarlo de la vivienda y verificar su situación.
Dentro del apartamento, las autoridades hallaron condiciones de higiene precarias y desorden, que sumadas a la ausencia de un adulto responsable configuraron un caso de presunto abandono. La escena se suma a otros episodios recientes de descuido y maltrato infantil registrados en Bogotá, como el rescate de un niño de dos años que permaneció siete horas dentro de un vehículo en el barrio La Favorita, en el centro de la ciudad, hecho que también generó indignación ciudadana.
Para Suba, localidad que agrupa barrios como La Gaitana, Aures, Niza o Tibabuyes, este caso se suma a una lista de preocupaciones en materia de seguridad y convivencia. Las cifras de violencia contra menores a nivel distrital, con miles de denuncias por violencia sexual e intrafamiliar, obligan a mirar con lupa lo que ocurre en los hogares de la zona. Organizaciones sociales que trabajan en el territorio insisten en que, además de reforzar la presencia institucional, se requiere fortalecer las redes de apoyo vecinal y los programas de prevención en colegios y jardines del sector.
Desde el Distrito se ha insistido en que los casos de abandono y maltrato infantil no deben normalizarse. Las autoridades de Bogotá han reiterado el llamado a utilizar las líneas de atención, acudir a las comisarías de familia y reportar cualquier situación de riesgo, incluso si se trata de llantos repetidos, menores que pasan muchas horas solos o comportamientos que sugieren negligencia. La experiencia en Suba demuestra que, cuando el barrio actúa, la respuesta institucional tiene más posibilidades de llegar a tiempo.
Al mismo tiempo, el caso abre preguntas sobre la carga que enfrentan muchas familias en la capital: jornadas laborales extensas, falta de redes de apoyo, problemas económicos y tensiones al interior del hogar. En contextos como el de Suba, donde conviven hogares de distintas condiciones socioeconómicas, estas presiones pueden derivar en decisiones cuestionables sobre el cuidado de los menores. Para expertos en infancia, el reto es ofrecer acompañamiento, alternativas y apoyo psicosocial antes de que los niños tengan que pedir auxilio a gritos.
El caso del niño abandonado en Suba no solo conmueve, también obliga a Bogotá a mirar de frente la realidad del abandono infantil en sus barrios. En esta localidad del norte de la ciudad, el rescate del menor se convirtió en un llamado a reforzar la protección a la niñez, fortalecer las redes comunitarias y mejorar la articulación entre colegios, comisarías de familia y autoridades de infancia. Mientras se define el futuro del niño de 8 años, Suba y toda Bogotá reciben un mensaje claro: la seguridad de los niños comienza en casa, pero se sostiene con la responsabilidad compartida de toda la ciudad.
